Es
uno de esos días en los que no tengo muchas cosas que hacer, situación que me
resulta un poco extraña pues ya son varios meses en los que hasta mi mente
siempre se encuentra entre células, hormonas, ADN, y otras miles de cosas que
debo aprender.Admito que fue un día muy extraño, diferente y especial, todo
parecía ir a un ritmo que a mi parecer era lento, lo que no significaba que
hubiese sido aburrido, por el contrario fue un día maravilloso, sentía mucho
más todo lo que sucedía a mi alrededor, detalles alegraron mi día, desde un
simple buen tráfico en las horas de la mañana, un saludo de ese compañero que
te hace reír durante muchas horas con los tantos comentarios que suele hacer en
las clases; hasta una sonrisa, un beso, un abrazo, un te quiero, un te extraño
o un te pienso que te hacen sentir mejor.
Hace
frio, ya se empieza a asomar la Luna y con ella la lluvia que seguramente
cubrirá la ciudad mientras conciliamos nuestros sueños. Al llegar a casa
después de una larga jornada de estudio como es de costumbre te cuelas en mis
pensamientos (y no hay día que no sea así).Estoy allí sentada en la pequeña
silla que se encuentra justo al lado de mi habitación, en el balcón donde
solíamos pasar noches enteras contemplando las estrellas y pidiendo deseos a
los luceros.
A mi mente llegan muchos recuerdos de ti, como tu ojos, esos que
se cruzaban con mi mirada en las pequeñas reuniones en las que no nos podíamos
ni acercar por el temor de que mis padres nos descubrieran; tus manos, que
solían mantener fuertemente las mías mientras caminábamos por horas hablando
sobre todo lo que habíamos hecho y diciéndonos tantas cosas bonitas que se nos
ocurrían, disfrutando de un buen helado y una sonrisa cuando me dabas un
abrazo, un beso y hasta un mordisco o simplemente cuando te consentía.
Compartimos muchas cosas juntos, que no me atrevo a nombrar todas pues sé que
escribiría hasta un libro con todas nuestras vivencias. Tú, más que ser esa
persona especial para mí, eras un gran amigo, disfrutamos de miles de
experiencias, buenas o malas que nos llegaron a unir mucho más y nos hicieron
más fuertes. Pero nada es para siempre; fuimos creciendo, poco a poco
adquiriendo muchas más responsabilidades, te graduaste y te fuiste a estudiar a
otra ciudad, prometimos no dejar que todos esos millones de kilómetros nos
separaran, pero fue imposible. En un principio no había día en el que no habláramos,
con el paso del tiempo todo fue cambiando y hablábamos una o dos veces al mes y
resultaba algo incomodo pues tu ya tenias nuevos amigos y en especial esa niña
de la que tanto me hablabas, recuerdo que decías que se parecía mucho a mí;
físicamente en sus ojos, cabello y labios; y en ciertos hábitos como el
consentirte, comer mucho chocolate y hasta en el tipo de música que escuchaba; me
contabas como compartías con ella tanto tiempo y tantas cosas; a pesar de que
me decías que nunca nadie cambiaría lo que sentías por mi yo sentía que te
arrancaban de mi ser, me dedique a escucharte y a responderte todos los correos
en los que me contabas sobre como la pasabas de bien. Cuando ambos coincidíamos
en las horas en las que nos conectábamos por alguna razón, aunque insistías,
muchas veces inventaba excusas para evitar verte por cámara o hablar pues se
que notarias mis celos y la tristeza que me daba cuando sentía que te olvidabas
de todo lo que compartíamos y de todo lo que yo significaba para ti.
Hoy
sin ningún aviso regresaste y que gran sorpresa me lleve cuando te apareciste
en la puerta de mi casa con una guitarra tocando esa canción que sabías tanto
me gustaba. -“Tengo ganas, tengo tiempo y mil canciones que cantarte, más hoy
tengo tu llegada y mi mano voy a darte”- escuche a lo lejos, y baje cuanto más
rápido pude pues sabía que eras tú quien se encontraba allí. Cuando te vi,
corrí a darte un gran abrazo y tú, sin temor me correspondiste, tomaste mi mano
y como si nada me besaste y me dijiste –No sabes cuánto te extrañé-.

No hay comentarios:
Publicar un comentario